sábado, 2 de junio de 2007

EL FARO

Las olas rompían con fuerza demoledora aquella noche, nada extraño sin embargo en aquella zona de escarpados arrecifes que amenazaban con sus afiladas lanzas de priedra a aquellos que se proclamaban lobos de mar. Mientras tanto la luna presa del pánico había desaparecido del horizonte dejando solamente una oscuridad teñida levemente de añil que penetraba en el alma de las personas hasta hacerlas perder el juicio. Las aguas parecían aver enloquecido en un fatuo ritual de remolinos y olas que rabiosamente escupían espuma, dando a entender que nada ni nadie era bien recibido en aquel lugar.

Así, una vez más, el casco del Pertinaz bordeaba la costa franqueando las olas como si de muros de piedra se trataran.

-Bonita noche para encontrar la muerte, ¿no cree capitán?- gritaba mientras sujetaba con fuerza el timón que parecía aver cobrado vida propia.

-Mejor aún para burlarla una vez más- susurró el capitán con la mirada puesta en el horizonte.

El capitán era un hombre sin miedo, curtido por la mar y con más años en su rostro y en su corazón que en su partida de nacimiento. Sus ojos narraban mil historias al borde del abismo como lo haría un viejo libro de aventuras después de años olvidado en una estantería.

La noche era cerrada y el temporal demoledor, la tempestad no arreciaba y navegar era una sutil manera de llamar a ese vaivén tan impreciso con el que se movían. Definitivamente hoy no era una noche más, la sensación de aver perdido el control era patente en los animos de la tripulación, en cualquier momento encallarían y muy probablemente acabarían con sus huesos en el fondo del mar, ese era el tributo que se cobraban las aguas por permitir la invasión de sus dominios.

De pronto, cuando la esperanza había caido por la borda pesada como un ataud, una luz tenue en el horizonte empezo a moverse, sin duda alguna era un faro, si, lo era, la salvación se tornaba en una pequeña luz que oscilaba en el horizonte, era como el resplandor de un hada y su fuerza cobro tal magnitud que las aguas se doblegaron ante su magnanima presencia y por arte de magia todo quedo en silencio en cuestion de un instante.

La tripulación atonita se agolpaba en la proa del casco sin dar crédito a lo sucedido, algunos al ser bañados por la suave luz rompieron a llorar como si de un milagro se tratase, derrepente todo se quedo a oscuras y fué entonces cuando divisaron un pequeño puerto con suficiente calado como para albergar el navio. Después de lo sucedido se apresuraron a atracar y el capitán se dispuso a bajar con intencion de localizar aquel resplandor de salvación y recompensar a su morador.

Por mas que buscó no logró encontrar rastro alguno del faro apesar de que la noche se había vuelto clara y decidió acercarse a una pequeña aldea que se divisaba no muy lejos y allí preguntó sin obtener respuesta hasta que un viejo ciego de ojos blancos como la leche recordó como de joven habían llegado a sus oidos relatos fantásticos sobre un faro que aparecía y desaparecía a su antojo y cuya moradora no era otra que la muerte que iluminaba a aquellos marinos que se negaba a admitir en su seno condenandoles a surcar los mares eternamente. Dicho esto el anciano comenzó a reir desmesuradamente y una luz semejante a la que habían visto horas antes había comenzado a brotar del interior de sus ojos hasta cegarle también a él.

Cuando la luz desaparecio estaba en el barco y la mar enfurecida golpeaba sin piedad mientras el navio se movia a la deriva, todo le resulto muy confuso hasta que...

-Bonita noche para encontrar la muerte, ¿no cree capitán?-

Sus pensamientos empezaron a fluir entonces a gran velocidad, todo se repetía desde el primer momento y no recordaba ningún hecho que precediera a aquella tormenta, entonces con la mirada perdida solo pudo contestar:

-Mejor aún para burlarla una vez más...-

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